Desperdicie los besos furtivos, los abrazos que me contenían y las palabras sinceras que me regalaron. También las llamadas de madrugada para preguntar ¿como estas?, las sorpresas y los detalles que de ves en cuando se vuelven una necesidad. De igual forma los consejos y el amor que recibí, las canciones, los minutos y las miradas tímidas que decían todo.
Desperdicie el verano, la preocupación y las ganas de verse, las discusiones estúpidas, la infidelidad y los celos disfrazados de cualquier otra cosa. Las palabras bonitas y las caricias culposas, las tardes de lluvia y de calor, los rostros, el ser uno mismo, la pena, la rabia, el amor bilateral y las ganas de hacer lo que no debía, el hilo que nos ataba y los encuentros casuales en el momento preciso.
Desperdicie los bichos de la imaginación, el movimiento de las nubes y la espera eterna del acercamiento necesario, las despedidas, los intermedios y los saludos.
Sin querer también el comportamiento adecuado, la hiperactividad y el encanto envuelto en criticas mutuas e infantiles.
Desperdicie la cercania, la conexión, los sueños y lo peor de todo, el pasado desconocido que conocimos algún día al atardecer.
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